Una receta que no para de crecer

12.11.2018 – Alicante

La cocina y la televisión parecen vivir un tórrido romance que se traduce en un sinnúmero de contenidos específicos. Esto abre un menú de posibilidades publicitarias tan rica que tienta a cualquier marca.

Como la cocina misma (ok, no tanto pero bastante), los programas de cocina existen desde hace mucho tiempo. Ya en los 60 Julia Child y James Beard ponían las mejores recetas del mundo al alcance de los televidentes norteamericanos y Maruja Kallaved hacía algo similar en España con Vamos a la Mesa.

En nuestro país, la inolvidable Doña Petrona De Gandulfo se les había anticipado casi 10 años con sus innovadoras sesiones de cocina en vivo en el viejo Canal 7, una de las primeras producciones propias de la TV nacional. De allí al popularísimo Buenas Tarde, Mucho gusto hubo solo un paso.

Dicen que ella fue quien llevó la idea de promocionar las, en ese entonces, novedosas cocinas a gas con las que cocinaba a partir de una serie de recetas específicas. Quizás anticipando el tsunami de PNTs que el rubro cobijaría con el tiempo.

Es que la gastronomía, por su perfil y potencialidad, es un canal ideal para la publicidad. Trabaja sobre lo que nos gusta y sobre lo que nos nutre, o sea que nos agarra siempre con la guardia baja. Y se desarrolla casi siempre en locaciones con multiplicidad de espacios y con procesos con cantidad de instancias como para instalar marcas.

Y eso coincide, además, con una gran cantidad de marcas y anunciantes de un sector hipercompetitivo que manifiesta una fuerte necesidad comunicativa.

Hasta hace unos años, el trabajo lo hacían costosos spots en tandas que de a poco se fueron hiperpoblando con ofertas grastronómicas. Hoy, esos mensajes se mudaron a los contenidos mismos y, por ende, requirieron más y más posibilidades en pantalla con narraciones cada vez más ricas.

Con los antecedentes del Gato Dumas, Francis Mallman y el carismático vasco Arguiñano sobre finales de los 90, la conquista de los chefs de los sets televisivos se fue dando naturalmente en nuestro país, como en casi todo el globo. 

Nos acostumbramos tanto a verlos que casi no nos sorprendió cuando comenzaron a tener sus propios programas y hasta canales específicos como es el caso de los aún vigentes Gourmet o Fox Life (derivación grastronómica y de good life del viejo Utilísima).

Pero no se detuvo ahí y los formatos siguieron su búsqueda. Nos acostumbramos a recorrer el mundo con los cocineros, periodistas y sommeliers más diversos, buscando recetas y cocciones particulares y acostumbrando nuestro paladar a sabores de todas las latitudes. 

En nuestra versión multimediática y transpantalla, nos pusimos a cocinar bajo influencia de alguno de aquellos exploradores pero con recetas bajadas a nuestros celulares que ya no pudieron escaparle a las salpicaduras de salsa teriyaki o las chorreadas de Cabernet Franc.

Y de a poco nos hicimos adictos a las competencias y aquellos chefs que tanto se ensuciaron las manos para educar a la teleaudiencia se convirtieron en jurados. Y las marcas evolucionaron de solo auspiciantes a parte del juego, a condición, a desafío, a inspiración de un triunfador.
Cocineros a la mañana, al mediodía, a la tarde y a la noche. En sus cocinas, en un living, en España y en Japón. Chefs innovadores, humoristas, curiosos, inquietos, científicos, callejeros, familieros o 3 estrellas Michelin. El boom de las cacerolas y las sartenes. 

¿Como aprovechar la posibilidad? Fácil. No sumándose a la historia. Escribiéndola. Siendo parte del proceso. Aún hay espacio para las marcas tradicionales, fuertes y respetadas. Pero hay mucho más lugar para las marcas amadas y vividas. 

Por Ariel Giannuzzi
Director de Planificación Creativa
Borgonovo